Juan de Borbón-Harmonices Mvndi (por Germán de Souza aka Cherman – Tropical Twista Records – name your price)

Lo nuevo de Juan de Borbón (7vestidos / Camanchaca) toma inspiración del astrónomo y matemático Johannes Kepler y la ley armónica de los astros, con composiciones infinitas que se asientan en lo circular.

¿Qué pueden tener en común un boxeador, un licenciado en filosofía y un melómano productor de música electrónica? Un nombre: Juan de Borbón. Llegado a la Tierra en el ‘84 (sí, 1984) en la región cuyana argentina, más precisamente en la andina provincia de Mendoza. No sabemos aún si es un replicante.
Inquieto, multifácetico y también de múltiples identidades musicales, crea sonoridades bajo el nombre de Camanchaca (junto a su otra mitad, Alejandro Duro), también como 7vestidos y desde este año, con su propio nombre.
Juan de Borbón viene de familia de músicos aficionados y se ha convertido en un autodidacta del loop y del secuenciador luego de haber navegado en un mar musical tan amplio que va desde la costa del folklore hasta los acantilados del hardcore punk.
En “Harmonices Mvndi” (TTR 026), “A1”, “A2” y “A3” representan (aparentemente) los tracks de una de las caras de un disco de vinilo. Pero, ¿dónde están los tracks de la cada B? ¿Será como un espacio infinito representado como un elemento físico de un sólo plano? ¿Un álbum digital representado metafísicamente por una superficie de una sola cara como la Cinta de Moebius? ¿O es como la representación incompleta de un (A)lbum que se completa justamente con la parte teórica de su propio concepto? La ausencia de la B es perturbante y no me hace más que filosofar. Vamos allá.
Como no podía ser de otra manera, tratándose de un filósofo, detrás de “Harmonices Mvndi” (Tropical Twista Records) existe una complejidad de pensamiento inspirada en el astrónomo y matemático Johannes Kepler y la ley armónica de los astros: “la velocidad del movimiento de los planetas en relación con la distancia entre ellos, haría de la naturaleza misma del sistema solar un soundtrack continuo del cosmos. Somos parte de algo mucho más grande que nosotros. Y está sonando, sin importar las fronteras del tiempo y del espacio. Sólo tenemos que prestar atención y escuchar.” aparece escrito en la descripción del EP.
Esta declaración no es ni más ni menos que del año 1619. Johannes Kepler escribió 400 años atrás “Harmonices Mundi”, desarrollando la idea de la “música celeste”, en un intento por explicar el movimiento de los planetas de acuerdo a la vieja teoría pitagórica de la armonía de las esferas.
Pero… ¿qué significa esto? Como cualquier declaración filosófica, nos quedamos con la duda de qué es realmente de lo que se trata. O toca investigar. La energía que mueve los cuerpos celestes viene a ser como un Tempo / BPM que reproduce un loop astronómico perpetuo.
Juan de Borbón me explica por el chat: “Es una teoría muy bonita, porque supone que la relación entre la distancia que hay entre los planetas y la velocidad a la que se mueven es análoga a los intervalos musicales, con lo cual el movimiento de los planetas estaría dando como resultado una música constante, que es la música del cosmos. La fórmula alquímica “Así como es arriba es abajo, es un poco el espíritu que engloba el EP, y que creo queda muy bellamente plasmado en el arte de tapa que hizo Jalinski. En cuanto a lo musical, me sucede que si bien tengo grandes colegas abocados a los nuevos ritmos lentos, el slow house étnico, o como quieran llamarlo, produciendo piezas realmente muy bellas y bien logradas, después de un par de horas de escucha, siento el deseo de subir el bpm al viejo y querido four to the floor en 120. Son constantes las percusiones y un fondo africanista, porque creo que en África hay una clave para comprender ciertos aspectos atemporales de la música, que es lo que me viene interesando: una música sin fronteras, no sólo espaciales, sino también temporales”.
Sin embargo, esta teoría de Kepler (aparentemente fallida para la ciencia, pero no tan fallida en términos esotéricos tal vez) “nunca funcionó, y tras haberla expuesto en largas páginas en esta obra, la abandonaría finalmente, mostrando que es incompatible con las observaciones y las leyes del movimiento planetario”, según se explica en Wikipedia.
En contraposición, la obra de Juan de Borbón, sí funciona como un todo, como un uppercut de la filosofía al mentón de la ciencia, con el común denominador de la A (la totalidad), primera letra del abecedario, el inicio de toda comunicación sonoro-auditiva y base quizás de toda la teoría detrás de “Harmonices Mvndi”.
“A1”, “A2” y “A3” (los nombres de los tracks) son las constantes de este trabajo, son piezas que se van metamorfoseando delicadamente en cada consecución de plays, lo que podría entenderse como una obra con “destino circular”, que nos remite a “El Aleph” de Borges. Aleph no es más ni menos que la primera letra del alfabeto hebreo (א ) pero también Álef es la primera letra del alfabeto persa, así como álef (o alif) es la primera letra del alfabeto arábigo – la primera, como la A en cuestión.
En la antigüedad, este símbolo tenía un sentido religioso (Egipto y Babilonia), y su concepto se asimiló con el centro del mundo. Era la iniciación de un ritual. En la literatura moderna no tiene sentido religioso: manifiesta la inseguridad del hombre y sus esfuerzos por lograr un centro, el equilibrio de su existencia y de su conciencia. Aunque el mito es de origen griego, en “El Aleph”, Borges lo entronca con la tradición cabalística hebrea. En el mito griego “el laberinto es una casa labrada para confundir a los hombres, su arquitectura, pródiga en simetrías, está subordinada a ese fin” (Borges, Obras Completas 537) y la salida está supeditada al azar. En la tradición judía, la salida es a través del conocimiento. El hombre de Borges (él mismo) es por el laberinto y en la bifurcación del sendero donde está presente el tiempo, el hombre confunde el pasado, el presente y el futuro.1 (extraído de “Concepción del hombre y el universo en Borges”, por Julieta Ortiz)
Pero… ¿Qué tiene de circular “Harmonices Mvundi” se preguntarán?
Mucho, o casi todo. Como objeto topológico, la anteriormente mencionada cinta de Moebius (de una sola cara) también es considerada como el espacio total. A es la totalidad, ergo no existe B. Y también es infinita. Entonces, si reproduces el EP en repeat (infinito), luego de 2 o 3 escuchas no sabrás en qué parte del laberinto sonoro te encuentras, cual es el “A1”, el “A2” o el “A3”. Justamente por eso, no da lugar al existencialismo, una escucha en la que no se trata de identificar, no es para identificar nada en concreto, ni nombres ni autores, ni estilos, ni ritmos, sino para que puedas flotar en este espacio continuo que te permita alcanzar un éxtasis cósmico, algo así como un trance hipnótico en un laberinto geométrico y metatemporal, reconvertido en un ritual iniciático para confundir el pasado, el presente y el futuro.
¿Dónde estoy? Se puede preguntar tu Superyó. Olvídate del ego y ponte a bailar (por Germán de SouzaChermanFolcore)

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